Crónica de MARTY FRIEDMAN en Barakaldo

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La primera visita a Barakaldo en solitario del virtuoso de la guitarra Marty Friedman (ex MEGADETH, CACOPHONY) en el marco de una extensa gira europea que le llevará por más de una veintena de ciudades presentando su nuevo trabajo, “Bad DNA”, había generado mucho interés. Este, de hecho, era el primer concierto de su periplo ibérico y el llenazo de la sala RockStar Live no era tan sólo atribuible a la multitud de invitaciones que se distribuyeron a través de una entidad bancaria, sino sobre todo a la gran expectación que había despertado un concierto que, por hacerse en martes y coincidir además con el partido del Athletic con el Deportivo, parecía estar condenado al fracaso.

Pero nada de eso; el concierto de MARTY FRIEDMAN es, dicho por muchos a la salida, uno de los conciertos del año sin duda alguna. Tal fue la entrega, la calidad artística y la energía derrochada por el guitarrista americano y su exótico grupo de acompañamiento. Y digo lo de exótico porque para esta gira Friedman se hace acompañar de un asombroso trío de ases japoneses: el jovencísimo y andrógino “shredder” Takayoshi Ohmura a la guitarra, Ryota Yoshinari al bajo y a la voz en el único tema cantado del concierto y el alocado y espectacular Mitsuri Fujisawa a la batería. En cuanto salieron al escenario precediendo a Friedman el desconcierto en algunos fue notorio pues daba la sensación de que se trataba de algún grupo telonero no anunciado. Fue cuando el americano pisó las tablas cuando ya todo el mundo cayó en la cuenta de que los extravagantes músicos de aspecto “manga-retro-ochentero” eran en realidad la banda de apoyo de Friedman. Y qué banda. Musicazos de cuerpo entero que hicieron que Friedman se sintiera cómodo en todo momento arropándole en los largos solos y en los muchos y complejos desarrollos de la multitud de temas que interpretó. Friedman se lo pasó en grande ante seguramente el aforo más grande ante el que ha tocado y tocará a lo largo de toda la gira y la cara de asombro de la banda ante el entregado y apelotonado público era el fiel reflejo de una comunión banda-público inesperada y feliz. La noche prometía mucho y la noche dio de sí mucho.

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El arranque fue trepidante, con un Friedman desatado en un brutal “head-banging” que lanzaba al aire su ensortijada melena mientras sus manos desgranaban los riffs de la frenética “Street Demon”. Los riffs y los solos de Friedman sonaron inicialmente bajos y sin cuerpo hasta que el de la mesa de mezclas encontró la fórmula para que el sonido fuera mejorando, pero la verdad es que por momentos el sonido de la guitarra de Friedman dejó bastante que desear. Solucionado el problema era el momento de observar con detenimiento la depurada técnica de este ya veterano guitarrista que, sin embargo, desprende una imagen y una actitud juvenil y enérgica sin parangón. Friedman cae bien y él lo sabe. Derrocha simpatía sobre las tablas y mira a los ojos al público mientras sus dedos vuelan sobre el mástil en imposibles ligados, vibratos enérgicos y glisados nítidos que no fallan una sola nota. Es abrumador el dominio que el americano tiene sobre las seis cuerdas y es todo un regalo para los ojos contemplar la fluidez de sus fraseos y oír ese particular sonido suyo que extrae de su amplificador ENGL y de las dos bellísimas PRS que sacó a lo largo de la noche.

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Los riffs atronadores de “It’s The Unreal Thing” machacaron nuestros oídos mientras las banda seguía a Friedman en todo momento con una diligencia propia de los grandes músicos. Los solos se sucedían con fluidez y parecía imposible que tal torrente de notas no fuera fruto de la casualidad. No había lugar para la improvisación; hasta los medleys de tributo a otros grupos (muy acertado el homenaje al “Peace Of Mind” de BOSTON) encajaba como un guante en el repertorio fruto, qué duda cabe, de horas y horas de ensayo. El primer guiño a su devoción japonesa (Friedman vive de hecho en Tokio y habla japonés perfectamente) vino de la mano del clásico nipón “Amagi Goe”, una bellísima pieza tan vigorosa como precisa en su ejecución, incluida en su homenaje a la música Pop-Rock japonesa “Tokyo Jukebox”. Más pausada resultó la interpretación de “Ballad Of The Barbie Bandits”, con Friedman siendo doblado por Takayoshi Ohmura con total precisión para el deleite de los muchos fans que cantaban las melodías de las canciones a voz en grito. Particularmente eché en falta algo más de comunicación por parte de la banda presentando los temas o simplemente hablando un poco más, pero ya lo dijo el propio Marty: habían venido a tocar y no pensaban hablar demasiado. En todo caso esto tuvo como consecuencia que muchos temas se quedaron sin presentación y las piezas se sucedían de manera casi ininterrumpida.

La rompecuellos “Elixir” de su espectacular disco “Loudspeaker” (2006) llenó nuestros oídos de bellísimas melodías en las que detectamos claras influencias clásicas en la manera de componer de Friedman igual que la devastadora y pegadiza “Tsume Tsume Tsume” nos recordó las raíces Speed Metal del Marty más “cacofónico” con un despliegue técnico y visual arrollador a cargo de Mitsuri Fujisawa a la batería, un showman capaz de montar un verdadero espectáculo sin perder compás ni dejar de aporrear con furia su kit. La noche iba ofreciéndonos lo más granado del repertorio de Friedman en solitario y “Loudspeaker” fue uno de los discos más revisados en el escenario barakaldés. “Stigmata Addiction”,con ese riff hipnótico y, lógicamente adictivo, nos adentró en el lado más pesado de un Friedman que siempre ha reconocido que sus grandes influencias están en el Metal de los ochenta aunque ahora su sonido se haya enriquecido más con la influencia de otras músicas.

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Igualmente salvaje y metálica fue la interpretación de “Gimme A Dose”, en la que la banda sonó como una apisonadora y los juegos de guitarras dobladas dejaron a más de uno con la boca abierta. No había momento para el más mínimo respiro; los temas iban cayendo uno tras otro sin remisión y el concierto iba cobrando el cariz de histórico por la soberbia interpretación de la banda y por su entrega sobre el escenario. “Cheer Girl Rampage” nos devolvió al disco de 2003 “Music For Speeding”, otro de los hitos en la carrera en solitario del guitarrista filo-nipón, demostrando una vez más su gusto por las melodías accesibles, las progresiones arriesgadas y la ejecución enérgica. Mucho más pausada fue “Devil Take Tomorrow”, un corte en el que las notas largas y emotivas antecedían a borbotones de escalas frenéticas de una técnica tan depurada y preciosista que costaba creer que fueran cosa de este mundo. De nuevo volvió Friedman a revisar los temas clásicos del Pop-Rock japonés extrayendo de su “Tokyo Jukebox” el pegadizo “Yuki No Hana”, otro ejemplo de adaptación de los sonidos del país del sol naciente al Metal más agresivo. Es precisamente esa fusión de estilos lo que hace de un concierto de Marty Friedman una experiencia tan divertida y refrescante, algo que se pudo constatar de nuevo con el vigoroso y divertido “Kaeiratakonattayo”, que volvió a refrendar el aspecto más melódico del guitarrista americano. A pesar de las más de dos horas de actuación nadie se aburrió lo más mínimo y todo el mundo jaleaba cada tema con un entusiasmo propio de los grandes grupos. Incluso cuando el bajista se atrevió a cantar “Letter”, un tema de su nuevo disco aún no editado entre nosotros y el más flojo de toda la noche, en homenaje al país del Sol Naciente, como dijo el propio Friedman, el público respondió con verdadera pasión a pesar de que Ryota Yoshinari es mucho mejor bajista que cantante.

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El concierto iba llegando al final y nadie se quería marchar de allí. El sonido ya hacía rato que era aplastante, la actitud de la banda era de total entrega y el público aplaudía a rabiar cada tema haciendo que esa noche fuera una verdadera fiesta. Personalmente esperaba como agua de mayo algún tema de “Scenes” (1992), mi disco favorito de Marty Friedman, y mis plegarias fueron oídas cuando “Tibet” y “Angel” fueron tocadas de manera sucesiva transportándonos a mundos de ensueño gracias a esos sonidos sutiles y a la vez poderosos impulsados por unos solos de guitarra verdaderamente trepidantes y llenos de sentimiento. Incluso la épica “Triumph”, que se mezcló con momentos de “Thunder March”, fue interpretada con una precisión y una entrega tal que fue ovacionada como uno de los momentos álgidos de la noche. Un pequeño duelo de guitarras entre Friedman y Ohmura precedió a un solo de este último en el que demostró ser un excepcional guitarrista aunque todavía tiene que aprender de su maestro Friedman. Todo un detalle de nobleza por parte de Marty el dejar que Ohmura tuviera su momento de gloria previo al final del concierto que llegó de la mano de otro adelanto de “Bad DNA”, en este caso sería la adaptación de un tema de “belle canto” popularizado hace unos años por Andrea Bocelli titulado “Time To Say Goodbye (Con Te Partirò)” y que, sinceramente, quedó verdaderamente bien. Cuando ya la gente daba por finalizado el concierto el grupo aún salió una vez más para interpretar el tema homónimo “Bad DNA”y poner punto y final a una noche de locura guitarrera como hacía años que no veía. Friedman, en mi opinión, está a años luz de muchos coetáneos con más reputación que él porque su emotividad y su fuerza son algo verdaderamente difícil de creer. Ojalá que vuelva pronto porque, al menos en Barakaldo, ha dejado un extraordinario sabor de boca.

 

Crónica y fotos: Carlos Fernández

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