Casi 35 años de existencia son muchos años, y si no, que se lo digan a nuestra serpiente rockera por excelencia; la serpiente blanca. Durante los 70 y primeros 80, el animalito en cuestión aprendió a conocer su hábitat natural, a crecer en el medio, a reptar con elegancia y a hacerse un poderoso hueco en una peligrosa jungla plagada de competidores. A finales de los 80 entendió a la perfección la etapa de cambio que se venía encima y mutó su sedosa piel para intentar seguir siendo el deslumbrante y hechizante reptil al que, al erguirse, todos miraban con respeto y admiración. Llegaron los 90 y con ellos, la profunda hibernación, la caída, la desaparición del mapa, como a su vez le sucedió a muchos de sus semejantes, y, por fin, con el siglo XXI mejoró el temporal y nuestra querida serpiente, a pesar de volver con la piel más arrugada y desgastada, recuperó parte de su poderío y volvió a mirar de frente su trono, aquel del que, quizá, nunca debió bajarse.

Valga esta metáfora para recalcar que el que tuvo retuvo. En esta última etapa musical del grupo, formada hasta la fecha por el binomio “Good To Be Bad” y el aquí tratado “Forevermore”, WHITESNAKE se ha empeñado en mostrarse heavy, contundente y guitarrero y en decir “que a la vejez, viruelas”. La experiencia es un alto grado y supongo que gente de la talla de David Coverdale y Doug Aldrich saben a la perfección cuál es el momento actual que vive el género, en el que no hay un minucioso esquema a seguir como sucedía dos décadas atrás con el lema “cárdate el pelo, saca tus mejores galas, crea singles facilones y pegadizos y, quizá, logres de este modo hacerte un hueco en la escena”.

A día de hoy reina la anarquía, la variedad, la enorme heterogeneidad, y aunque se han gestado nuevas tendencias como la escandinava, no hay tanta alineación a la hora de crear, cosa que sucedía años atrás, lo cual , visto desde la cómoda posición de un grupo como WHITESNAKE seguramente será positivo, dado que, pasada la tempestad de unos años grisáceos para el género, nuestros músicos se han topado de frente con la posibilidad de hacer única y exclusivamente buenas canciones, sin presión alguna y dando igual si estas se acercan más al sonido del “Ready And Willing” que al del “Slip Of The Tongue”.

Pues bien, como comentaba en el párrafo anterior, la serpiente blanca ha optado a día de hoy por endurecerse, dentro de lo que el término se puede estirar en la propia banda. A mi parecer, esto viene dado casi con toda seguridad por el notorio cambio de voz que ha experimentado el señor Coverdale en los últimos años, y es que no debemos olvidar que el vocalista en cuestión, en muy pocos meses,  le dará la bienvenida a su período como sexagenario.

No obstante, tampoco hay que ser alarmista. El tipo sigue siendo puro feeling, tanto en las notas limpias como las que afronta con la voz quebrada. Digamos que su timbre de voz se mueve en otra tesitura, algo más grave, pero encaja a la perfección con el tratamiento sonoro que WHITESNAKE le da a día de hoy a sus canciones. En este último aspecto también es altamente culpable el veterano Doug Aldrich, el cual le imprime un sabor especial a los temas, y es, a mi parecer, uno de los fichajes más acertados que ha acometido Coverdale en muchos años, dentro del largo e inagotable bailoteo de músicos que desde hace décadas se ha producido en el seno de la formación, aunque, eso sí, la sombra de Micky Moody, para mí, sigue siendo muy alargada.

Entrando de lleno en el disco, este me parece tramposo. Me explico. Al haber hablado de sonido grueso, endurecido y demás, supongo que tu mente habrá hecho un viaje retrospectivo hasta discos como “1987” o “Slip Of The Tongue”, pero aquí hay mucho, en mi opinión, de obras como “Lovehunter”, “Slide It In” o “Ready And Willing”, por citar algunas, de ahí que me parezca un álbum disfrazado y engañoso a primera vista. Tiene el sonido de finales de los 80, sí, pero también mucho aroma a los añejos WHITESNAKE, con lo que balanza queda equilibrada para los seguidores de ambas épocas.

Volviendo al tema Aldrich, me da la sensación de que el rubio guitarrista ha dibujado para la ocasión riffs y melodías con mucho deje bluesie, con claros guiños al Country americano y con la esencia del Rock And Roll de los años 60, que es donde verdaderamente se hallan las raíces de WHITESNAKE. Para saber de lo que hablo, no hay más que escuchar piezas como “Whipping Boy Blues”, “Fare Thee Well” o “One Of These Days” (imposible no acordarse aquí del “Have You Ever Seen The Rain?” de la CREEDENCE).

Seguramente se me verán los colores hablando de WHITESNAKE, pero, amigos, ¿qué sería de nosotros sin la pasión y la enorme felicidad que obtenemos al escuchar a nuestras bandas favoritas? Quizá no logre ser todo lo objetivo e imparcial que quisiera en este escrito, pero el entusiasmo me invade cuando gente que lleva tantos años en el negocio y que me ha proporcionado numerosos instantes de satisfacción personal a lo largo de mi vida, elabora una obra tan pulida, brillante, elegante y con tanta magia. Solo me queda emplazarte a que dediques una leve porción de tu tiempo a escuchar “Forevermore”, un álbum que en breve debería ocupar un hueco privilegiado en tu estantería si te gusta el buen Rock y más aún si eres seguidor de la propia banda. ¡Larga vida a la serpiente blanca!

 

Jorge Osoro

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