Crónica y fotos del concierto de KADAVAR, SLOMOSA y O.R.B. en Madrid (16 de octubre, sala Mon)
El pasado jueves 16 de octubre, la sala Mon vivió una noche de comunión sonora con tres bandas que convirtieron el asfalto madrileño en terreno sagrado para los fieles del Stoner y la psicodelia: KADAVAR, SLOMOSA y O.R.B.
O.R.B.: incienso, humo y trance eléctrico
Un Madrid de aire templado —de esos que no invitan al recogimiento, sino a la celebración— calentaba motores frente a la sala Mon.
El barrio universitario de Moncloa, lugar de encuentro de varias generaciones de rockeros, se convertía en punto de reunión para los amantes del Stoner. La mítica sala empezaba a acumular espectadores desde poco más de las cinco de la tarde aguardando a que las puertas se abrieran.

Una fila que, entre cervezas, camisetas negras y nervios contenidos, contemplaba curiosa el deambular de los músicos, que poco después pisarían las tablas del escenario, entrando y saliendo de sus autobuses aparcados junto a la puerta.
También hizo acto de presencia un tipo alto y desgarbado, de mirada amable, que bajo la autoridad que le confiere ser el fotógrafo de la gira animó a los seguidores presentes a hacerse fotos y vídeos para documentar su paso por la capital en redes. Un prólogo perfecto para la noche que estaba por venir.
Cuando las puertas se abrieron, no hubo carreras hacia el borde del escenario, sino una rápida dispersión entre las barras laterales y la zona de merchandising.
El escenario se encontraba dispuesto con los tres sets, lo que hacía presuponer que los cambios serían ágiles para evitar que el ánimo de la sala se enfriara. Más tarde comprobaríamos que no fue así.
Poco antes de la hora de partida, y con una sala que se iba llenando lenta pero constantemente, David Gravolin, bajista y voz de la banda, apareció cual chamán de entre las tinieblas, portando un ramillete encendido de salvia con el que “purificar el ambiente” y traer las mejores voluntades.
A la hora prevista, los australianos ORGANIC ROCK BAND (O.R.B.) tomaron posiciones de forma discreta antes de lanzarse a su particular viaje lisérgico.

Sonaron los primeros acordes de su tema homónimo, “O.R.B.”, introduciéndonos en un groove pesado y riffs arenosos que parecían flotar entre el blues y el cosmos. Le siguió “Immortal Tortoise”, más intrincada, con una línea de bajo que se deslizaba entre atmósferas casi reptilianas, abriendo espacio a improvisaciones que rozaban la telepatía entre los tres músicos.
Cerraron con “Space Between the Planets”, un torbellino de psicodelia progresiva que alcanzó momentos de intensidad casi física.

Tres fueron los temas que O.R.B. entregó en la capital, un registro breve, casi anecdótico, que apenas dio tiempo a crear algo de ambiente entre los que aún ocupaban las barras o los rezagados de última hora. Pero dejaron su firma en las tablas de la Sala Mon, llevándose el tibio aplauso de los acérrimos presentes.
SLOMOSA: energía ártica en ebullición

El cambio de set se hizo esperar más de lo habitual. Más de media hora separaba el final de los australianos de la hora prevista para los noruegos SLOMOSA.
Tiempo más que de sobra para que entraran los rezagados y todos disfrutaran de unas rondas, mientras las pruebas de guitarra, los ajustes de micro y la colocación de pedaleras se iban puliendo. Esa calma, sin embargo, no era más que el preludio de una tormenta.

Cuando SLOMOSA irrumpió en escena, lo hizo como una avalancha de fuzz directo del norte.
La sala los esperaba impaciente: no eran los cabezas de cartel, pero no importaba; el grueso del público venía a verlos a ellos.

Una tormenta del norte que, pese a su corta carrera (activos desde 2017 y con solo dos LPs), se ha convertido en habitual de nuestro país, con un público fiel que los aguarda como agua de mayo.
Un público que —para alegría de un servidor— baja la media de edad habitual del género y mantiene viva la llama de un sonido cada vez más olvidado.

Con ese bagaje y la seguridad de quien viene a comerse el mundo, los primeros acordes de “Cabin Fever” retumbaron en la sala como un trueno, y no hizo falta nada más. El público, que había permanecido expectante, estalló en una marea de movimiento.

Los noruegos no ofrecieron tregua: “Rice” e “In My Mind’s Desert” consolidaron el ataque sonoro con riffs densos y un groove contagioso que obligaba a moverse. Los pogos se multiplicaron, la energía se desató y los cuerpos comenzaron a volar sobre las cabezas, sostenidos por una masa rendida al Stoner de la tundra.

El protagonismo compartido fue una de las claves de su directo. Marie Moe, bajista y voz secundaria, se plantó en su puesto como una figura de fuerza y carisma. Su presencia magnética dominaba la escena con una naturalidad salvaje, sin artificios que incendiaba con cada golpe de autoridad.

A su lado, Ben Berdous, guitarra y voz principal, equilibraba la energía con actitud y mensaje. Su voz, como un chorro polar, cortaba la sala y conectaba al público con la banda. En la parte trasera de su guitarra lucían varias pegatinas con un claro posicionamiento político, un guiño que no pasó desapercibido y que arrancó gestos de aprobación entre el público.

En el otro extremo, Tor Erik Bye, fuera de sí y entregado a su instrumento, no perdió ni un ápice de técnica ni ritmo mientras estuvo sobre las tablas.
Jard Hole, relegado a un esquina por cuestiones de espacio defendió con sus baquetas el fenético ritmo impuesto a la sala sin vejarse un solo “beat” por el camino.

El bloque central del concierto —“Good Mourning”, “Battling Guns” y “Red Thundra”— fue una demostración de potencia y precisión. SLOMOSA combina la rudeza del desierto con el pulso del hielo; su sonido es sólido, sin fisuras, y en directo gana una dimensión casi tribal.
“There Is Nothing New Under the Sun” resonó con un tono más introspectivo, casi filosófico, antes de que el cierre con “Kevin” y “Horses” devolviera la euforia al máximo nivel.

El público rugió, y con razón: SLOMOSA no solo ofreció un concierto, ofreció una descarga de autenticidad, una comunión pura entre banda y audiencia.
Los noruegos dejaron el escenario en llamas, sabiendo que habían puesto el listón altísimo para los alemanes que venían detrás… “Veni, vidi, vici”.
KADAVAR: el ritual final del poderío alemán

Tras el vendaval nórdico, el escenario quedó a oscuras. Los técnicos de KADAVAR trabajaron con precisión quirúrgica para preparar el terreno. Sin telones, sin proyecciones, con las cuñas fuera y cero decorados. Solo cuatro músicos, sus instrumentos y una iluminación cuidada al detalle.
Y fue precisamente esa austeridad la que realzó la fuerza del espectáculo.

El cuarteto berlinés apareció entre sombras mientras los primeros acordes de “I Feel Free” (CREAM) se fundían con una marea de luces cálidas. La sala, llena hasta los topes, rugió.

No necesitan presentación: más de quince años en la carretera los avalan como grandes del género. Pero los noruegos no se lo habían puesto fácil, y mantener el espíritu incendiario requería un esfuerzo extra.

Así que se lanzaron con “Lies”, y Christoph 'Lupus' Lindemann bajó del escenario con su guitarra, caminando entre el público como un predicador eléctrico.

Su presencia imponía respeto. La forma en que dominaba los silencios, los gestos, el aire mismo de la sala, recordaba a los grandes de otra época. Era su forma de decir: “Aquí estamos, nadie nos hace sombra”.
A su derecha, Simon 'Dragon' Bouteloup, puro fuego y elasticidad, marcaba el ritmo con pasos felinos y contorsiones casi rituales. Su bajo, poderoso y envolvente, era el eje que mantenía el equilibrio entre lo terrenal y lo cósmico.

Y al fondo, Christoph 'Tiger' Bartelt, el alma rítmica de KADAVAR, desplegó una actuación colosal. No solo tocaba: respiraba con la batería. Cada golpe era un conjuro, cada redoble una invocación.

El trío berlinés, ahora reforzado con la discreta presencia de Jascha Kreft (guitarra y teclados), encontró en esta nueva formación una solidez casi mística.

El setlist fue una escalada impecable: “Doomsday Machine”, “Black Sun”, “Last Living Dinosaur”, “I Just Want to Be a Sound” e “Into the Night” formaron un bloque perfecto entre potencia e introspección.
Si bien es cierto que las voces sonaron algo bajas y dispersas entre tanta potencia sónica, esto es algo que solo padecimos los moradores de la primera fila.

Las luces —auténticas protagonistas invisibles— acompañaron cada compás con precisión quirúrgica: haces de ámbar que se fundían con destellos azulados, sombras que se alargaban sobre el humo. Sin proyecciones ni ornamentos, KADAVAR creó un universo propio solo con luz y electricidad.

Su apuesta, menos explosiva que la de SLOMOSA, alternaba pasajes enérgicos con tramos de calma e introspección. Quizá por ello, la sección media del espectáculo bajó de revoluciones y la sala, que minutos antes ardía, quedó contemplativa ante la técnica de los alemanes.

El clímax llegó con “Total Annihilation”, y de nuevo la sala entera pareció despegar del suelo. Era el regreso del caos controlado, el estallido final de energía contenida.

A partir de ahí, el concierto fue una sucesión de himnos: “Die Baby Die”, “Regeneration”, “Creature of the Demon”, “Come Back Life” y “All Our Thoughts”.
Cada tema elevaba más la intensidad, y el público respondía con el mismo fervor. Lupus cerraba los ojos, arqueaba la espalda y dejaba que la guitarra hablara por él, mientras Dragon se contorsionaba como poseído por el groove. Tiger, al fondo, seguía marcando el pulso del universo.

Alcanzado el cénit de la noche, la guitarra de Lupus se presentó a su público, que la abrazó incrédulo y agradecido para después devolverla a manos del maestro, y con ello regalar el último acorde.
Las luces se tornaron doradas, envolviendo a los músicos como si el escenario fuese un altar. KADAVAR había cumplido su misión: convertir una sala madrileña en un templo del Rock.

Tres formas, una llama
Tres bandas, tres formas de entender el Rock, un mismo espíritu.
O.R.B. ofreció el trance y la psicodelia; SLOMOSA, la energía y la comunión física; y KADAVAR, la sabiduría y el poder del ritual eléctrico.
A la salida, la noche madrileña seguía viva y el aire, aun vibrando con ecos de fuzz y redención. Los asistentes salían con las pupilas dilatadas y una sonrisa cómplice, conscientes de haber sido parte de algo más que un concierto.
Porque noches como esta recuerdan que el Rock no es solo ruido ni nostalgia: es una fuerza viva, una conversación entre generaciones, una llama que se niega a apagarse.
Promotora: Madness Live!






