Crónica y fotos de STONED JESUS, WHEEL y ICE SEALED EYES en Madrid (8 de abril, sala Nazca)
El pasado 8 de abril de 2026, la sala Nazca de Madrid acogió una nueva parada del Route Resurrection Fest, una de esas citas que, sin necesidad de grandes artificios ni despliegues mastodónticos, logran reunir a un público fiel en torno a propuestas que entienden el directo como una experiencia física, casi ritual. En esta ocasión, el cartel reunía a STONED JESUS, WHEEL y los belgas ICE SEALED EYES, tres bandas con discursos muy distintos pero unidas por un mismo lenguaje: el peso, la intensidad y la búsqueda de conexión real con el oyente.
La tarde arrancaba con un clima inestable, casi caprichoso. Lluvias intermitentes, nubes densas y una temperatura que invitaba más al recogimiento que al exceso. A escasos minutos de la apertura de puertas, el ambiente en las inmediaciones de la sala era tranquilo, contenido, con una presencia todavía tímida de público donde destacaban algunos seguidores habituales y la prensa acreditada. Nada hacía presagiar que, unas horas después, ese mismo espacio acabaría vibrando al ritmo de riffs densos y percusiones atronadoras.
Un detalle curioso marcaba ya el contexto de la noche: en la cartelería visible de la sala, únicamente figuraba el nombre de STONED JESUS, como si el resto del cartel orbitara en torno a ellos. Y, en cierto modo, así fue. Pero el recorrido hasta ese momento central tendría matices, sorpresas y una evolución que mereció ser contada paso a paso.
ICE SEALED EYES: intensidad sin concesiones para abrir la noche

Con la sala todavía a medio gas y un público que terminaba de acomodarse entre barras y primeras filas, los belgas ICE SEALED EYES asumieron la responsabilidad de abrir la velada. Un rol siempre delicado, más aún cuando se trata de una banda aún desconocida para buena parte del público local.

Lejos de dejarse intimidar por el contexto, el cuarteto salió al escenario con una actitud decidida, consciente de que cada minuto contaba. Durante algo más de media hora, desplegaron un repertorio basado en temas como “Needles”, “Deadweight”, “There Is No Safety in the Dark” o “Suffocate”, combinando metalcore con elementos progresivos y una ejecución técnica que sorprendió por su solidez.


Su propuesta, lejos de buscar la complacencia inmediata, apostaba por estructuras elaboradas, cambios de dinámica y una intensidad sostenida que requería atención. Y, poco a poco, la fueron consiguiendo. Lo que en un inicio era un público disperso y en tránsito, fue transformándose en una audiencia cada vez más atenta, más cercana al escenario.

Uno de los momentos más llamativos del set llegó cuando un miembro del equipo de la banda —encargado de la fotografía— subió al escenario para compartir voces en uno de los temas. Un gesto espontáneo que rompió cualquier barrera y aportó cercanía a una actuación ya de por sí comprometida.

Más allá de la anécdota, lo que ICE SEALED EYES dejó fue una sensación clara: la de una banda que entiende que los galones no se heredan, se ganan. Precisión, actitud y una voz protagonista, con mención aparte para Noé Peigneur, que sostuvo el peso del directo con solvencia.
No era fácil destacar en esas condiciones, pero lo hicieron. Y Madrid, aunque aún en proceso de calentamiento, les tomó la matrícula.
STONED JESUS: fidelidad, sudor y stoner sin artificios

Si ICE SEALED EYES encendió la mecha, STONED JESUS se encargó de avivar el incendio. La banda ucraniana llegaba a Madrid en un momento de madurez consolidada, con una trayectoria que supera ya la década y una base de seguidores fiel que quedó patente desde el primer vistazo a la sala: camisetas, primeras filas entregadas y un ambiente claramente favorable.


No era una visita más. Esta suponía su sexta parada en Madrid, habiendo pasado por diferentes salas de la capital en los últimos años, incluida la propia Nazca en 2024. Una relación construida a base de directos honestos, cercanos y sin artificios.

Con puntualidad casi quirúrgica, el trío liderado por Igor Sydorenko saltó al escenario y arrancó con material de su último trabajo, “Songs to Sun”. Los primeros compases mostraron una faceta algo más contenida, con tempos más pausados y una aproximación más melódica de lo habitual.


Sin embargo, fue solo cuestión de tiempo. Poco a poco, la maquinaria empezó a girar con más fuerza. Los riffs ganaron peso, el groove se hizo más evidente y la sala comenzó a responder. El tránsito desde la introspección inicial hacia la explosión stoner fue progresivo pero firme, hasta desembocar en un escenario completamente distinto al del arranque.

Temas como “I’m the Mountain” o “Here Come the Robots” actuaron como auténticos catalizadores, desatando pogos y elevando la temperatura de la sala a niveles claramente superiores. Lo que antes era atención, ahora era movimiento. Lo que antes era contención, ahora era entrega.

A nivel técnico, el concierto dejó varios puntos a destacar. Especialmente relevante fue la actuación de Ihor Biriuchenko a la batería. Su incorporación a la banda ha supuesto un salto cualitativo evidente, aportando precisión, potencia y una lectura rítmica que encaja a la perfección con el sonido del grupo. Su desempeño fue, sin duda, uno de los pilares del directo.
Como único matiz mejorable, algunos pasajes vocales quedaron ligeramente enterrados en la mezcla, diluyéndose entre la densidad instrumental. Un detalle perceptible, aunque no determinante en el resultado global.

Más allá de lo técnico, lo que STONED JESUS ofreció fue algo más esencial: cercanía, honestidad y una energía que no necesita adornos. No hay poses, no hay artificio. Solo música, sudor y conexión. Y eso, en directo, sigue siendo lo que marca la diferencia.

WHEEL: precisión, evolución y comunión final
El cierre de la noche recaía sobre WHEEL, una banda que representa una vertiente muy distinta dentro del espectro del Rock pesado. Frente al carácter orgánico y directo de STONED JESUS, los finlandeses plantean un enfoque más cerebral, más estructurado, donde la técnica y la precisión juegan un papel fundamental.

Su puesta en escena fue coherente con esa filosofía: escenario limpio, sin elementos superfluos, sin distracciones. Lo justo para centrar toda la atención en la música. Una declaración de intenciones desde el primer momento.

El arranque del concierto se apoyó en su último trabajo, “Charismatic Leaders” (2024), abriendo con “Submission”. Continuaron con “Up The Chain”, “Resident Human” o “Old Earth”, mezclando temas nuevos y antiguos en lo que evidenció una apuesta por la ejecución impecable. Cada nota en su sitio, cada transición medida, cada dinámica perfectamente calculada.

Sin embargo, esa misma precisión jugó inicialmente en su contra. El público, todavía con la inercia emocional de STONED JESUS, parecía demandar algo más que perfección técnica. Y durante los primeros compases, esa conexión no terminaba de materializarse.

Pero los conciertos, como las historias bien contadas, necesitan desarrollo. Y WHEEL supo encontrar el punto de inflexión.

En el tramo final, James Lascelles, hasta entonces contenido y casi introspectivo, siempre desafiante con la mirada fija en el infinito, decidió romper la barrera y dirigirse directamente al público. Fue un gesto sencillo, pero determinante. A partir de ahí, todo cambió.

La banda endureció el set lanzándose con “Empire”. Apostó por temas más reconocibles como “Voltures” y “Wheel” liberando la tensión acumulada. Los pogos reaparecieron, el público respondió y la energía volvió a circular en ambas direcciones.

La actitud sobre el escenario también se transformó: más movimiento, más interacción, más juego entre los miembros del grupo. La técnica seguía ahí, pero ahora estaba al servicio del espectáculo.

Ese último tramo fue el que terminó de definir su actuación. Un cierre sin bises, pero con la sensación de haber reconducido el concierto hacia donde debía estar desde el principio.
La noche en la Sala Nazca fue, en esencia, un ejercicio de contraste. Tres bandas, tres enfoques, tres maneras de entender el peso y la intensidad.
Madrid, por su parte, volvió a demostrar que responde cuando la propuesta es honesta. No importó el arranque contenido, ni los momentos de desconexión. La noche encontró su punto de ebullición, ese instante en el que todo encaja y la música deja de ser solo sonido para convertirse en experiencia compartida.
Porque, al final, más allá de estilos, etiquetas o discursos, el directo sigue siendo eso: un lugar donde todo ocurre aquí y ahora. Y anoche, en Nazca, volvió a suceder.




