Crónica de AGALLOCH y FEN en Madrid

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Oregon es un Estado de la Unión que podríamos calificar de intrascendente desde el punto de visto del rockero o metalero. Encajado entre la exhuberancia Glam y el Hard Rock festivo de California y el genio melancólico y oscuro de la escena de Seattle en Washington, las mejores sinfonías que se recuerdan llegaron gracias a los Portland Trail Blazers de la NBA; a mediados de los setenta con el mítico equipo entrenado por Jack Ramsay y liderado por Bill Walton y Maurice Lucas, y justo terminando el siglo pasado con “sospechosos habituales” como Rashid Wallace, Isaiah Rider o Brian Grant, junto al astro lituano Arvydas Sabonis, que llegaron a dos finales de conferencia seguidas, la última tras perder un increíble partido ante los Lakers de Shaquille, Kobe Bryant y Phil Jackson. El resto, un lugar bastante anodino, obsesionado con el “piensa en verde” ecologista siendo, probablemente, el más progresista de los Estados Unidos de América.

Todo esto hasta que llegó AGALLOCH. Con calma, sin hacer demasiado ruido, trabajando desde el underground a base de EPs y largas duración escogidos, John Haughn y sus compañeros fueron creando una aureola de culto alrededor suyo que no ha hecho nada más que crecer desde que en 1999 editaran su debut, el monumental “Pale Folklore”, una de las mejores piezas de las postrimerías del milenio pretérito. Desde entonces, su popularidad dentro del Metal subió como la espuma gracias a una propuesta que, en su momento, era bastante singular, si bien la pléyade de seguidores actuales para que haya hecho diluir su importancia en lo que hoy se denomina Post-Black, término tan equivocado como ambivalente.

Tuve la inmensa fortuna de poder asistir a sus dos primeros shows en Europa (noviembre de 2006 en Países Bajos y Bélgica) en un paquete espectacular formado por NOVEMBERS DOOM, SATURNUS y THURISAZ. Entonces, comprobé que AGALLOCH es un grupo especial, no solo en estudio. Cada concierto forma parte de un ritual, en ocasiones complicado de entender, pero así es su forma de concebir la música. Lo más importante es que en vivo se sale, es una fuerza única capaz de transmitir todas las emociones que descubres en los pasajes de cada una de sus composiciones cuando, tranquilamente, escuchas en casa “The Mantle” o “Ashes Against The Grain”.

Sin embargo, su imparable recorrido se ha visto truncado por diferentes chinas en el camino como “The Grey” o “Tomorrow Will Never Come”, dos EPs completamente prescindibles, siendo, en mi opinión, su gran resbalón, el último disco “Marrow Of The Spirit”, personalmente a años luz de esa banda tan especial que nos regaló joyas como algunas de las mencionadas en párrafos anteriores. Un álbum que, paradójicamente, les ha llevado un paso más allá en el reconocimiento general. La demanda del cuarteto de Oregon en Europa e, increíblemente, también en su país es muy elevada. Por ello, decidió ya hace un tiempo embarcarse en largas giras y no solo fechas o festivales puntuales. Así, por fin, íbamos a tenerles en los escenarios patrios para deleite de muchos paladares exquisitos que ansiaban degustar los manjares que las canciones de AGALLOCH ofrecen. Encima, aquellos que nos sentimos defraudados con “Marrow Of The Spirit” hemos podido reconciliarnos gracias al EP “Faustian Echoes”, con un solo tema homónimo de más de veinte minutos sobresaliente.

El lugar elegido para su descarga en Madrid fue la sala Cats. Inicialmente, la clásica Caracol se consideraba escenario ideal, como habitualmente, para este tipo de eventos, pero su cierre temporal provocó el cambio. En otras crónicas en esta webzine habréis leído de las características de Cats. Está bien para conciertos dada la precariedad que vivimos en Madrid de locales adecuados. El escenario es pequeño y bajo pero al ser bastante diáfana, no se puede considerar, ni mucho menos, un tugurio infame como Penélope, Randall y demás discotecas reconvertidas. Presagiaba la tarde, para variar en abril, lluvia y justo cuando empezó la velada, a las ocho menos diez, poquita gente había accedido para presenciar la actuación de los teloneros.

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Los encargados de calentar el ambiente, ante aproximadamente un centenar de personas (si bien el chorreo de asistentes aumentó de forma exponencial en los minutos siguientes) fueron los británicos FEN. El trío de Londres se puede considerar hijo de AGALLOCH. No, no estamos hablando de que los ingleses les copien pero ese Black atmosférico mezclado con Post-lo que sea, a dobles voces (una rasgada y cañera; otra suave), les delata porque mucho que ninguno de sus tres trabajos tenga especial sintonía con los de Oregon. Sin embargo, para mí hay una clarísima diferencia: no me atrae para nada su música. Lo he intentado. Compré a ciegas su primera entrega, “The Malediction Fields”, guiado por las buenas críticas y las referencias sobre sus influencias, pero no. Una y otra vez al poner los discos de FEN me choco con un muro que identifico con claridad: no encuentro las atmósferas. Y si no adivino su principal atractivo, complicado.

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En directo podría ser el momento de descubrir aquello que me ha sido negado en los álbumes. El sonido no era demasiado bueno para poder discernir los matices de la banda, algo que pude comprobar según entraba a Cats cuando los acordes de “Hands Of Dust” ya estaban atronando en esta discoteca para conocer gente (hablando en plata, “ligoteo”) a donde acuden, fundamentalmente, universitarios de un centro privado que se ubica a escasos metros de Cats. Seguramente, esos cuatro muros con sendos pilares, nunca habrían asistido, impertérritos, a esta amalgama de riffs y melodías, ora gritos, ora susurros, que no lograban conectar con el respetable, salvo sus pocos devotos seguidores que disfrutaban sin importarles nada más. Eso sí, FEN consigue que no te desconectes y eso es positivo. Aunque no sean especialmente de tu agrado, no te desenganchas de lo que sucede en el escenario.

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Los instantes más interesante de los cincuenta minutos en que estuvieron sobre las tablas llegaron a mediados del show, con “As Buried Spirits Stir”, un corte de cara influencia noruega en su primera mitad, con interludio semiacústico y segmento final más épico en el que la voz de The Watcher brilla. Su presencia escénica es sobria. A pesar de que, como dijimos, las dimensiones no son grandes, no utilizan todo el rectángulo para tocar sino que prefieren apiñarse y permanecer cercanos dando una sensación de cohesión rítmica y de movimientos. El bajista Grungyn apoyó en las voces más limpias mientras que, detrás de su batería, Derwydd es eficiente, sin demasiado que resaltar.

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En las canciones de su reciente “Dustwalker”, como “Consequence”, se nota una querencia experimental que para quien no esté familiarizado con FEN puede resultar algo duro, de ahí que ese rato me pareciera un tanto más tedioso. El adiós con su primigenia “The Gales Scream Of Loss” nos devolvió a los FEN más Black y fieros. El público, ya poblando el primer tercio de Cats, les premió con un merecido aplauso. No fue una actuación para recordar pero tampoco aburrió. Más cercanos al notable que al bien, quizá pequen de falta de encanto, se echa de menos un punto más de enganche con sus composiciones. No obstante, nada se les puede reprochar porque salieron a dar un buen concierto y, con sus limitaciones, lo dieron.

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Caían los minutos y los trescientos que nos congregábamos en Cats teníamos el hormigueo de las noches de Champions, del día anterior a la selectividad, es decir, de jornada marcada en el calendario. Los rituales de AGALLOCH comienzan un rato antes de que la música suene en el equipo. Ellos llegan, se montan sus historias, sin prisa, y cuando consideran que están preparados, arrancan. Uno de los aspectos más debatidos en los días previos versaba sobre el repertorio que escogerían porque, como yo, hay muchos que no toleran tan bien como el resto “Marrow Of The Spirit”. Afortunadamente para los que así piensan, como apuntaba antes, no estábamos en la gira de ese disco sino más bien en la presentación de “Faustian Echoes”, con lo que este “Lucifer Over Europa Tour” prometía. Además, el cuarteto tiene a bien no ser como otros, inmovilistas en el set list, sino que pueden sorprenderte aquí y allá, como así hicieron.

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No resultó, no obstante, extraño el comienzo con “Limbs”, la apertura de “Ashes Against The Grain”, pero sí desconcertó la pésima ecualización que continuó durante buena parte de la actuación, sobre todo entre las filas tres y diez, allá donde no se escucha por los monitores de escenario. En particular, la voz había que intuirla, de ahí que unos metros más atrás, donde ya la gente dejaba más huecos, la mezcla se discernía mejor, sin llegar nunca a la nitidez deseada. Con todo, a partir de “Ghosts Of Midwinter Fires” (única referencia a “Narrow Of The Spirit”) y la gloriosa “Halllways Of Enchanted Ebony” se pudo empezar a disfrutar. Sin embargo, algo fallaba…

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No sé cómo explicarlo. Quizá este deficiente sonido nos dejó un poco paralizados porque la conexión no estaba siendo inmediata. Por suerte, hablamos de unos tipos como AGALLOCH, es decir, un grupo top (que diría el nunca olvidado Mourinho), con lo que podríamos prever un cambio de tendencia. Esta se produjo, precisamente, en la composición menos indicada, a priori, para ello: “Faustian Echoes”. ¿Por qué era la menos indicada? Por ser la más larga y, a la vez, la más reciente. Sin embargo, la chispa saltó y Dekker, Walton, Anderson y Haughm comenzaron a latir como uno solo, como esa máquina de precisión delicada en que se convierten cuando tocan música juntos.

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Hablando de los componentes, vi a un Don Anderson avejentado. Han pasado seis años desde mi primer encuentro con el grupo pero a él le ha caído, en apariencia, como poco una década. También Jason Walton, con su cabeza rapada, está distinto. Sin embargo, por mucho que estos sean imprescindibles, el alma mater de AGALLOCH es John Haughm. Su pequeña estatura encierra toneladas de talento, compositivo y vocal, desprendiendo un halo de misticismo en el escenario que contagia a sumergirte, durante un par de horas, en su universo.

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Si tras el punto de inflexión de “Faustian Echoes” continúan con otra memorable de “Pale Folklore”, la bellísima “The Melancholy Spirit” puso a sus seguidores en trance. Una característica esencial de AGALLOCH es que sus músicos son conscientes que es imposible reproducir en directo sus composiciones. Por ello, se esfuerzan en dotarlas de arreglos en vivo que quedan muy naturales y no te hacen pensar que estás ante “otra canción”. Esto, en “The Melancholy Spirit” se puso de manifiesto a la perfección. Sencillamente perfecta. Por si no hubiéramos tenido suficiente, el concierto se convirtió en una batalla sublime entre “Pale Folklore” y “The Mantle”. Llegó el turno de este último con “You Were But A Ghost In My Arms”, donde las voces limpias de Haughm y Anderson llegan a emocionar. Sé que queda muy teatrero pero vi alguna lagrimilla entre el personal más sensible durante los tres cuartos de hora de choque entre estos dos colosales álbumes.

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La réplica a “You Were But A Ghost In My Arms” vino de la mano de “Dead Winter Days” y es ahí donde te preguntas: “¿A quién quieres más? ¿A papá o a mamá?”. Que me perdonen quienes no piensen igual pero AGALLOCH, con sus dos primeros trabajos, eran otra cosa, especial e inalcanzable para la mayoría de los mortales. Ahora, son “solo” sobresalientes. “Dead Winter Days” posee ese toque accesible, raro en los de Portland, que hace animarse a los fans más cerebrales. Con todo, si he de escoger un instante para recordar, ese sería “In The Shadow Of Our Pale Companion”, probablemente la canción que simbolice la trascendencia de este grupo irrepetible. La interpretación que hizo, con ese inicio que te pone la piel de gallina, es solo comparable a escuchar a RIOT tocando “Bloodstreets” o SAVATAGE con “When The Crowds Are Gone”, es decir, un nivel superior.

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Obviamente, cualquier cosa posterior, especialmente si no era de “Pale Folklore” o “The Mantle” quedaría minimizada pero los peores temores se confirmaron con la versión de marras. Dejemos las cosas claras. El “Kneel To The Cross” de los sospechosos SOL INVICTUS les queda muy bien, es indudable, pero es tan intrascendente comparado con lo que habíamos vivido que el bajón es inevitable por muchos coros y palmas que acompañen. Con ella, para colmo, concluyeron la actuación. Quizá sea una táctica o algo así, pero, al menos conmigo, no les funcionó porque te quedas con la sensación de haber roto el momento mágico. Evidentemente, no se trata de tirar por tierra el conjunto de la descarga, que, como no podía ser de otra manera, había sido excelsa pero sí te quedas con una sensación extraña. Es como comer un roscón de reyes y que en el último bocado te toque la sorpresa. De acuerdo, te llevas la sorpresa pero lo que tú querías era saborear ese esponjoso roscón que no volverás a probar hasta dentro de un año. Al fin y al cabo, la sorpresa terminará en la basura o, a lo sumo, adornando la cocina.

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No hubo esforzarse especialmente en los vítores para que salieran del camerino a hacer el bis, esta vez cerrando el círculo. Empezaron con un corte de “Ashes Against The Grain” y terminaron con otro, las dos primeras partes de “Our Fortress Is Burning” (“I” y “II: Bloodbirds”) con las que se despidieron con su característico final: el ritual había concluido después de ciento veintidós minutos en forma de campana de Gauss, del cero al infinito y terminando en una grandísima nota que no podía, no obstante, igualar el segmento central. De lo que no queda ninguna duda, según comentaba la gente al salir del local, es que querían más, que AGALLOCH deje de ser ese oscuro objeto de deseo y sus visitas se conviertan en frecuentes. De esto charlábamos embobados, hasta que nos dimos cuenta de que la lluvia nos estaba calando. Volvimos a la realidad para resguardarnos en portales de la zona. Era la venganza. La venganza del sol…¿Invictus?

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Crónica: Marco-Antonio Romero
Fotos: David Ortego

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