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"The Brutal Divine" de SPREAD EAGLE: un disco que arranca con todo y pierde mordida en el camino

El cuarteto neoyorquino regresa siete años después con un álbum que promete más de lo que termina cumpliendo

Me gusta la sensación de afrontar encargos sin un conocimiento previo de la formación a repasar. Puede ser que el análisis carezca de ese punto pasional que se imprime cuando la banda es una habitual de tus escuchas, pero tengo la impresión, puede que errónea, de que siempre se actúa de forma más justa e imparcial cuando analizamos a un desconocido. Quizá algún lector considere esto un agravio insalvable, pero la realidad es que la banda neoyorquina SPREAD EAGLE ha estado hasta hace escasos días alejada de mi radar y eso que podría decirse que su historia lleva décadas tatuada en la piel del Hard Rock estadounidense. Pero para la ocasión que aquí nos sienta, el lanzamiento de "The Brutal Divine", he tenido que hacer una pequeña labor de búsqueda y archivo histórico para ubicar y posicionar al objeto de mi critica.

Muerte, resurrección y un bagaje que pesa

Nacidos en Nueva York a principios de los noventa, SPREAD EAGLE tuvo la mala fortuna de irrumpir en uno de los momentos más convulsos de la historia del Rock: el instante exacto en que el Hair Metal se ahogaba en su propio exceso y el Grunge llegaba desde Seattle para rematar la faena. En ese contexto de guerra civil sonora publicaron su debut homónimo (1990) y "Open To The Public" (1993), dos discos que les granjearon el respeto del sector, pero no la atención masiva que merecían. En 1995, el proyecto quedó decapitado. Historia conocida, final previsible.

Lo que no siempre ocurre es la resurrección. En 2006, Rob De Luca y Ray West pusieron de nuevo el proyecto en pie, y "Subway To The Stars" (2019) fue la primera prueba de vida discográfica: un álbum que la prensa especializada recibió con calidez, reconociendo que la banda conservaba intactos su ADN callejero y su instinto melódico. Siete años después, con "The Brutal Divine" en las manos, la pregunta que me hago —alguien que llega a esta música sin el peso emocional de haberla vivido desde dentro— es si lo que ofrece hoy tiene suficiente para seducir también a quien no la mamó desde pequeño. La respuesta, tras varias escuchas, es matizada.


"The Brutal Divine" arranca con los puños en alto

El álbum arranca con "Flat Earth Vultures" constituyendo en sí mismo la declaración de intenciones más ambiciosa que SPREAD EAGLE ha grabado nunca: cinco minutos y medio en los que la suavidad inicial de la voz de West actúa como señuelo antes de que el riff hard rockero caiga con toda su carga de arreglos pegadizos. Fórmula clásica —calma, tensión, detonación— ejecutada con la precisión de quien lleva décadas dominando el oficio, y gancho suficientemente poderoso para atrapar al oyente al resto de la escucha.

"Street Noise" llega justo después y saca el lado más sucio de la banda: aire de Punk Rock neoyorquino bien maquillado bajo capas de madurez, dos minutos y trece segundos que no desperdician ni uno.

El primer aviso de lo que está por venir llega en "Gunflower": tema espídico y desatado que mantiene el pulso, pero acusa una producción excesivamente comprimida. Las guitarras de Jommy Puledda, que en otros momentos muerden con precisión quirúrgica, suenan aquí recortadas, casi enlatadas. Una lástima, porque el esqueleto tiene fuerza suficiente para ser un cañonazo.


Cuando SPREAD EAGLE pierde la calle

"Jail Rat" mantiene el temple con una cadencia punk y letras casi recitadas que van directas al grano. "Forbidden Local Honey" recupera momentáneamente el descaro con referencias cruzadas al trapicheo y una energía sucia que conecta directamente con el espíritu del debut del noventa: el momento más honestamente SPREAD EAGLE de todo el álbum. A partir de aquí, sin embargo, el disco empieza a doblar la rodilla.

"Pushed To The Limit" y "Scars In Our Eyes (City Kids)" son cortes correctos de Hard Rock bien construido, pero notablemente más lentos y melódicos que lo que prometía la apertura. La mordida callejera se diluye en arreglos más pulidos y melodías que buscan el gancho radiofónico, y eso no termina de encajar con la actitud del resto del tracklist.

"Ant Farm" trae de vuelta algo de densidad —el corte más oscuro del disco, sobre el descenso al aislamiento mental y físico— pero llega cuando el oyente ya ha percibido el cambio de temperatura.

"Inside A Shrunken Head" pasa sin demasiada pena ni gloria y "Makebeliever" cierra el álbum con una balada melódica que, aunque dignamente construida, resulta la despedida más desconcertante que podría haber elegido una banda de estas características. Se echa en falta un final más crudo, más contundente, que devuelva al oyente a la misma calle de donde salió todo esto.


SPREAD EAGLE es, intuyo, de esas bandas que si te has criado con ella desde pequeño tienen un lugar único e irremplazable en el corazón. Pero llegando a ellas sin ese contexto emocional, a día de hoy es difícil acceder a su propuesta porque el disco no ofrece nada que no hayamos oído antes y mejor resuelto en otros sitios.

Rob De Luca conoce bien los límites de este sonido, pero en varios momentos parece haber priorizado el acabado sobre la suciedad, y eso tiene un precio. Ray West sigue siendo una fuerza de la naturaleza y lo mejor del álbum sin ninguna duda, pero no puede compensar él solo la sensación de que "The Brutal Divine" arranca como un puñetazo y termina como un apretón de manos.


Discográfica: Frontiers Music

Más información sobre "The Brutal Divine" de SPREAD EAGLE en su página de Facebook.

RESUMEN

"The Brutal Divine" arranca como un puñetazo de street metal neoyorquino y va perdiendo mordida según avanza el tracklist, cediendo terreno a una segunda mitad más melódica y pulida que no termina de encajar con el ADN de la banda. Ray West sigue siendo irreemplazable, pero la producción comprimida de algunos temas y un cierre demasiado blando dejan la sensación de una oportunidad aprovechada solo a medias.
Jorge Riquelme
Jorge Riquelmehttps://www.instagram.com/maestrobeerbrola/
Jorge Riquelme es un orcelitano orgulloso, granadino adoptivo... y exiliado en Madrid. Creció rodeado de discos de MOTÖRHEAD, BLACK SABBATH y JUDAS PRIEST en una época donde el streaming consistía en pasarle un casette casero a tu compañero de clase. Guitarrista amateur, fotógrafo aficionado, escritor frustrado, coleccionista de vinilos enfermizo y melómano profesional.

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