ELECTRIC WIZARD - Time To Die

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Vuelve la paranoia, el Doom, la lisergia como religión, la suciedad sónica y el culto a todo lo que sea de culto. Vuelve ELECTRIC WIZARD que, desde los bosques malditos de Dorset, regresa con su octavo larga duración, de nuevo con el volátil Mark Greening a las baquetas. Por desgracia sólo ha tenido tiempo de grabar el disco para volver a ser expulsado al de poco tiempo por el aún más volátil líder de la banda Jus Oborn (dicen las malas lenguas que por la pérfida influencia de su novia y guitarrista en la banda Liz Buckingham). Irónicamente le ha reemplazado el hombre al que reemplazó, Simon Poole.

Todo aquello que nos podemos esperar de la banda británica está presente y a espuertas. Doom Metal con toques Stoner y Sludge, bajo un manto de psicodelia espesa, letras que tratan lo oculto, la brujería, H.P. Lovecraft, películas de terror y cannabis. Aunque ya nunca llegarán a tomar por sorpresa al personal como lo hicieron hace ya 14 años con esa obra maestra llamada “Dopethrone”, el sonido a detrito, los ritmos lentos y espesos han tomado un poco más de protagonismo tras el quizá demasiado pulido y dinámico anterior álbum “Black Mass”.

Durante las nueve canciones, las voces en off sacadas de pelis de serie B, como el tema que abre el disco “Incense For The Damned”, ritmos monolíticos y fundidos en lava afinada en grave y baterías marciales como en el single “I Am Nothing” protagonizan el espectáculo. Todo como si en su anterior lanzamiento se hubieran enfrentado al mundo que hay fuera y no les hubiera gustado nada, para encerrarse en si mismos. Como no, siempre fieles a su mundo personal, el caos sónico en el final de las canciones y la más que generosa longitud de las mismas (salvo en el entremés “Destroy Those Who Love God” o en la breve y más energética “SadioWitch”), también es cláramente perceptible. Pero desde luego no creo que nadie que siga tenga queja al respecto. Como detalle curioso y aunque no es la primera vez que se usa, un órgano está omnipresente durante todo el disco, dándole (como si hiciera falta) un toque ominoso al de por sí oscuro tempo que protagoniza las canciones.

Incluso cuando le dan velocidad en “Funeral Of The Mind”, el estupor y la cadencia funérea que fuerzan en el oyente hace que sea imposible percibir el aumento en el ritmo. Y de eso se trata, porque no nos podemos engañar. Esa fue la idea desde que empezaron en 1993 con su álbum homónimo, y a estas alturas, a pesar de los intentos de suavizar la propuesta en el pasado, los viejos hábitos nunca mueren. Para muchos BLACK SABBATH dejó de ser interesante después de que Ozzy se fuera, y, como dignos sucesores, ELECTRIC WIZARD se mantienen aferrados a una visión que es convincente de principio a fin y que demuestra las posibilidades de este hijo bastardo del Doom más denso posible desde la perspectiva más nihilista imaginable, tanto en las letras como en la clara visión anticomercial del producto.

Para cuando se llega a la segunda mitad, lo poco amigable (aunque de eso se trate, de no ponérnoslo fácil) del disco se torna en pura pesadilla sónica con “We Love The Dead”. El final se abre con “Lucifer Slaves” en otra orgía de samples de documentales y películas mientras letras como "Like Caligula is how I would treat this world if it were mine…" nos convencen de que ya que el mundo se viene abajo, hay que disfrutar del descenso al infierno.

Continuista, pero efectivo, como los RAMONES en el Punk Rock, ELECTRIC WIZARD respecto al Doom no defrauda y sigue fiel a sí mismo, aunque ello conlleve encerrarse del mundo y odiar a la humanidad en el proceso.

 

Pedro Blackearth

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